NARCOCANDIDATURAS: LOS DOCUMENTOS NO BASTAN
Por: Gabriel Morales
La propuesta del gobernador
Mauricio Kuri para establecer un protocolo que cierre el paso a candidaturas
vinculadas con el crimen organizado tiene un primer mérito: poner el problema
sobre la mesa antes de las elecciones de 2027. Generar conversación y conciencia
social importa. Obliga a partidos, autoridades y ciudadanos a preguntarse
quiénes buscan el poder y qué intereses pueden estar detrás de una candidatura.
Pero una cosa es generar
conciencia y otra construir un mecanismo capaz de detectar la infiltración
criminal.
El Instituto Nacional Electoral
ya avanzó en esa dirección con la Comisión de Verificación de Integridad en
Candidaturas, creada para coordinar, de manera voluntaria, consultas con
instituciones como la Fiscalía General de la República, el Centro Nacional de
Inteligencia, la Unidad de Inteligencia Financiera y la Comisión Nacional
Bancaria y de Valores.
Es un paso jurídicamente más
estructurado, aunque todavía falta observar cómo funcionará en la práctica. La
Comisión no investiga delitos ni puede impedir por sí misma una candidatura.
Sirve como puente entre partidos y autoridades que poseen información
relevante.
Ahí aparece el límite de los
filtros basados principalmente en documentos.
Pedir declaraciones patrimoniales
y fiscales, constancias de antecedentes penales o documentos que acrediten
determinada trayectoria puede elevar el costo de mentir y revelar
inconsistencias. El problema es asumir que la ausencia de registros equivale a la
ausencia de vínculos criminales.
La lógica de una organización
delictiva es precisamente la contraria: evitar dejar rastros.
Un aspirante puede tener sus
documentos en orden y, aun así, actuar mediante intermediarios, recibir
financiamiento ilegal, mantener relaciones con estructuras criminales o
esconder intereses económicos detrás de terceros. Una constancia difícilmente
detectará por sí sola esas redes.
Por eso, el problema de las
narcocandidaturas rebasa el terreno electoral. Es también, y quizá
principalmente, un asunto de política criminal.
Fiscalías, unidades de
inteligencia financiera, autoridades de seguridad y tribunales son quienes
tienen las herramientas legales para convertir indicios en investigaciones,
investigaciones en pruebas y pruebas, cuando corresponda, en consecuencias
jurídicas.
Esto tampoco significa que los
protocolos sean inútiles. La transparencia patrimonial, la fiscalización del
dinero y la revisión de candidaturas pueden funcionar como capas preventivas.
También pueden aumentar la responsabilidad política de los partidos sobre las
personas que deciden postular.
La conversación propuesta desde
Querétaro, entonces, resulta pertinente. El riesgo sería confundir el mecanismo
con la solución.
Cerrar el paso del crimen
organizado a las elecciones requiere ciudadanía alerta y partidos responsables,
pero sobre todo instituciones capaces de investigar las redes criminales antes
de que lleguen a la boleta.
